lunes, 14 de diciembre de 2009

La primera mañana de nuestras vidas

Ayer, el suplemento Ni a Palos del periódico Miradas al Sur publicó una reseña de Catálogo de juguetes escrita por Natanael Amenábar:


El mundo del juguete

Por Natanael Amenábar


Sandra Petrignani es una piacentina que editó allá por 1988 una selección de entradas recopilatorias sobre juguetes, poniéndole por nombre Il catalogo dei giocattoli. Ese racconto vuelve en castellano como vuelve Alf para Milhouse: en forma de fichas, ya coleccionadas, y traducidas por Guillermo Piro. Pequeñas reseñas de objetos maravillosos que transitaron la primera mañana de nuestras vidas (a ambos lados del océano, parece). Sorprendentes son las coincidencias con el consumo jugueteril argentino, cuando chicos nosotros, hará alrededor de 25 años. Con prosa sintética, afán clasificatorio y una puntillosa descripción de los mecanismos, Petrignani logra que muchas veces sepamos por los nombres de una manera fácil a qué se refiere y, muchas otras veces, nos demos cuenta por su detalle del aspecto o funcionamiento y susurremos, en voz alta “¿te acordás?”. Como corresponde, hay una mirada filosófica de las cosas y en su abordaje una diferenciación por género. Publicado por La Compañía, editorial de cuidados y minimalistas diseños de tapa.


martes, 8 de diciembre de 2009

El juego es todo

En el número de diciembre, la revista Los Inrockuptibles incluye una reseña sobre Catálogo de juguetes escrita por Malena Rey:


Sabemos que por fuera de la vigilancia de los adultos, los chicos habitan zonas propias y se relacionan con seres extraños que toman distintas formas. De estos seres amigables y a veces fantasmales se ocupa la italiana Sandra Petrignani en Catálogo de juguetes. En el libro, escrito hace casi 25 años, la autora se pasea por una larga lista de juguetes conocidos por todos –que van del Lego al metegol, pasando por las muñecas, la soga, el flipper y los soldaditos– y se permite, a través del comentario paciente y nada técnico, una evocación que se aleja de la mera descripción de los procedimientos del juego para adentrarse en el terreno poético del recuerdo de la infancia. Y es que por medio del contacto con los juguetes los chicos pueden devenir otra cosa de lo que se pretende que sean. Lejos de lo que se espera de ellos con la escolarización, en la soledad el juego es todo. O por lo menos lo era en una época en la que la televisión o la computadora no ocupaban todavía el lugar de todas las distracciones posibles. A partir de entradas con los nombres de sesenta y cinco juguetes considerados en toda su extensión –porque acaso, ¿la bicicleta es un juguete como cualquier otro?, ¿lo es el pizarrón?–, Petrignani se vale de los objetos como médiums para hacer asociaciones libres y recuperar la memoria que estaba desdibujada, desde la óptica de quien fundó con ellos su experiencia y vuelve a visitarlos para explicarse algo acerca del paso del tiempo. Los juguetes son entonces los portadores de todas las significaciones posibles e intercambiables de las que se valió el yo para sincronizar los procesos corporales y sociales, y a la vez, tomados a la distancia, los únicos objetos que permiten retornar con precisión a una escena de la infancia para dar cuenta de la interacción y de la compañía de esas presencias silenciosas.


lunes, 30 de noviembre de 2009

Sin sentimentalismos

El sábado, el suplemento ADN Cultura publicó una reseña de Catálogo de juguetes a cargo de Alejandro Patat. La reproducimos aquí.


Un diccionario lúdico

Por Alejandro Patat


¿Cómo volver a la infancia sin sentimentalismos ni nostalgias evocativas? ¿Cómo volver a esos primeros años sin caer en las trampas que reserva todo recuerdo, sin ser devorados por la fuerza centrípeta del pasado? La novelista Sandra Petrignani (Piacenza, 1952) lo logra con la composición de un catálogo de juguetes de nuestro tiempo, o para ser más precisos, de aquellos que reinaron entre los años cincuenta y los años noventa del siglo XX: la hamaca, el barrilete, las muñecas, las bolitas, la soga, las figuritas, el fortín, los globos, el trompo, entre otros. Quedan deliberadamente excluidos todos los aparatos e instrumentos hipertecnológicos o derivados de la informática. El catálogo consiste, pues, en un breve diccionario en el que, por un lado, la autora describe sin mayores tecnicismos el uso de cada juguete y, por el otro, se abandona a una discreta reflexión sobre las emociones, los deseos y las actitudes que ese mismo juguete despertaba en la infancia. Porque, efectivamente, no propone una descripción analítica de los juegos y sus objetivas implicaciones psicológicas. Tampoco es un tratado sociológico o pedagógico: en el libro no hay tomas de posición acerca de la infancia desfavorecida o sin juguetes, ni tampoco información sobre los vínculos entre los juguetes y el crecimiento. Se ocupa más bien de recrear una atmósfera subjetiva capaz de reconducir por un instante al lector al tiempo mágico de la niñez, a sus introspecciones y proyecciones. Cada voz del diccionario es como un pantallazo breve que focaliza al niño que juega absorto, concentrado en la dinámica que él mismo impone al objeto, más allá de las reglas preestablecidas. Y la imagen que se nos ofrece está prácticamente despojada de los adultos que, en el mundo infantil de los juguetes, aparecen como presencias fantasmales o como impávidos intrusos del espacio íntimo y secreto de los juegos. ¿Un niño debe explicarle al adulto que el muñeco sucio o con un solo ojo no debe ser ni lavado ni remendado? ¿Es necesario que aclare que las reglas del juego son siempre individuales?

En el posfacio, Giorgio Manganelli anota que la brillante idea de la autora no esconde la materia inquietante de la que se ocupa. "Es extraño -afirma el famoso escritor italiano-, la hora de los juguetes es tan larga como una era geológica." Y es justamente allí, en ese espacio antiquísimo de la vida, en el reino absoluto del simulacro, donde la autora se detiene con aguda inteligencia para indagar los aspectos primitivos que sobreviven en cada uno de nosotros.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Gracias a Oblogo

Agradecemos a la revista Oblogo, que incluyó una entrada de este blog en su último número.

Los juguetes según Roland Barthes

Roland Barthes publicó en 1957 el libro Mythologies, que incluye un breve capítulo dedicado a reflexionar sobre los juguetes franceses. Publicamos aquí un fragmento.




El adulto francés ve al niño como otro igual a sí mismo y no hay mejor ejemplo de esto que el juguete francés. Los juguetes habituales son esencialmente un microcosmos adulto; todos constituyen reproducciones reducidas de objetos humanos, como si el niño, a los ojos del público, sólo fuese un hombre más pequeño, un homúnculo al que se debe proveer de objetos de su tamaño.

Las formas inventadas son muy escasas: algunos juegos de construcción, fundados en la tendencia a armar objetos, son los únicos que proponen formas dinámicas. En todos los otros casos, el juguete francés siempre significa algo y ese algo siempre está totalmente socializado, constituido por los mitos o las técnicas de la vida moderna adulta.

[…]

Cualquier juego de construcción, mientras no sea demasiado refinado, implica un aprendizaje del mundo muy diferente: el niño no crea objetos significativos, le importa poco que tengan un nombre adulto; no ejerce un uso, sino una demiurgia: crea formas que andan, que dan vueltas, crea una vida, no una propiedad. Los objetos se conducen por sí mismos, ya no son una materia inerte y complicada en el hueco de la mano. Pero esto es poco frecuente: de ordinario, el juguete francés es un juguete de imitación, quiere hacer niños usuarios, no niños creadores.

Tomado de Mitologías, de Roland Barthes, Siglo XXI Editores, 1980

(traducción de Héctor Schmucler)

lunes, 23 de noviembre de 2009

Sentidos ocultos

Ayer, el suplemento Radar, de Página/12, publicó una nota de Flor Codagnone sobre Catálogo de juguetes que incluye testimonios de Sandra Petrignani y ahonda, más que nada, en el costado siniestro del libro. La autora italiana afirma: "Los juguetes son siniestros, está en su naturaleza".



Aquellas pequeñas cosas

Por Flor Codagnone


Los juguetes siempre han estado ahí. En las manos de los niños, en su imaginación, en sus obstinados deseos. En la renuncia y el sobreactuado desdén de los jóvenes. En la memoria y la fascinación de los adultos. Desde el balero hasta la play, son símbolos importantísimos que remiten a un terreno tierno, oscuro e irrecuperable: la infancia.

La italiana Sandra Petrignani, nacida en 1952, decidió evocar su infancia y escribió Catálogo de juguetes, un libro que acaba de ser publicado en castellano. Se trata de una suerte de inventario que recorre 65 juguetes de su niñez; a cada uno le corresponde un texto breve: una reseña, una viñeta, una historia. Las palabras, contundentes, dicen más que mil imágenes.

Aunque Petrignani se centra en una época y un lugar determinados (los años ‘50 y ‘60 en Italia), las descripciones y las narraciones de los juguetes tienen algo universal, que trasciende cualquier barrera. Tanto es así que Patrick Curry aseguró, en el Times Literary Supplement, que había terminado de leer el libro con una poderosa sensación de melancolía, como si hubiese acabado su infancia por segunda vez. Dentro mismo del libro hay una imagen que lo define a la perfección: “Un parque de diversiones de los recuerdos”. Como los parques de diversiones, el libro tiene un costado lúdico y alegre, pero también un aspecto oscuro y aterrador.

Petrignani explora estos objetos sin presentarlos (únicamente) bajo una luz candorosa, de cuento de hadas. Su mirada es mucho más amplia y, por momentos, mide el costado siniestro de los juguetes. Así, por ejemplo, vincula la hamaca con el pendular de los ahorcados, o hace referencia a la sexualidad de los muñecos. Cuando imagina a una niña subida al caballo mecedor, habla del “delicioso frotamiento” y dice: “Ella cabalga abandonándose a un erotismo inconsciente. Cierra los ojos, concediéndose al viento que mueve sus cabellos, aprieta las rodillas y endurece los muslos, provocando dentro de sí una corriente de escalofríos in crescendo”.

“Durante la infancia tenemos un vínculo erótico con el mundo. Hay personas que, al crecer, pierden eso porque le tienen miedo a su sexualidad e intentan mantenerla bajo control”, explica, desde Roma, Petrignani. Le interesa, dice, el costado oscuro de la niñez y asegura que hay un motivo claro para que el Catálogo de juguetes contenga pasajes centrados en lo siniestro: la infancia es siniestra.

En un ensayo de 1919, Freud tomó el término alemán unheimlich, que no puede traducirse en toda su significación al castellano. Se trata de aquello que, de algún modo, resultaba familiar y estaba destinado a permanecer oculto, pero ha salido a la luz y se torna horroroso, amenazante. En castellano suelen tomarse dos palabras como equivalentes: “siniestro” y “ominoso”. La autora italiana afirma que tenía presente esa noción cuando escribió el libro, aunque no buscaba demostrar nada. “De cualquier modo, los juguetes son siniestros; está en su naturaleza”, dice. “Se trata de objetos inclasificables que hablan de una parte frágil, perversa, auténtica de nosotros. Tienen un costado melancólico porque la infancia está más vinculada a la muerte que a la vida. Para sobrevivir, los adultos deben matar al niño que hay en ellos.”

Según Petrignani, la niñez se presenta como un terreno en el que todo es posible y, a la vez, sólo una cosa es posible: aquello en lo que nos vamos a convertir. De manera similar, Roland Barthes planteó en su libro Mitologías que la mayor parte de los juguetes franceses funciona como un microcosmos que prefigura la adultez de los chicos. La italiana cuenta que trata a los niños con respeto, que no le gusta acariciarlos sino tratarlos como un igual. “Por eso –asegura– me llevo bien con ellos.” De hecho escribió el libro cuando su hijo Guido tenía 5 años y ella tomaba prestados algunos de sus juguetes para buscar inspiración.

Catálogo de juguetes se vale de elementos sociológicos, históricos y psicológicos, pero su autora lo define como un libro de ficción. Dice que se trata de algo parecido a un libro de cuentos y agrega que, siempre que escribe, lo hace para conocerse a sí misma y a los otros, para buscar el significado de lo que nos ocurre en la vida. “Exploro la relación de las personas consigo mismas, con sus padres, con su sexo, con las cosas que las rodean. Los sentidos ocultos de estas relaciones tienen raíces profundas en la infancia. Tal vez haya un misterio mayor escondido en una etapa previa a la niñez, pero no podemos llegar a eso”.

Como sea, la industria cultural se ha encargado de proveernos de elementos para que intentemos dilucidar (y retroalimentar) nuestra relación de adultos con los juguetes. Desde la saga cinematográfica Toy Story hasta la tendencia –en algunos círculos– de hacer y coleccionar juguetes, hay estímulos por todas partes. Mientras, los juguetes han ido evolucionando. Alguna vez, Norman Mailer declaró que llevamos décadas sometiendo a los niños a jugar con plástico, un material por el que no se puede sentir afecto. Petrignani no es mucho más auspiciosa que Mailer cuando habla de los juguetes actuales, pero confía en el criterio y la sensibilidad de los niños. Dice que los comerciantes intentan eliminar su magia reduciéndolos a objetos de consumo, pero no van a lograrlo pues los chicos saben defender los juguetes.

“Nuestra sociedad consumista está en contra de la fantasía y la imaginación. Hay cada vez más juguetes, más dibujos animados y más libros, y todos ellos son cada vez más hermosos. Sin embargo, no están elaborados de manera que los chicos creen su propio mundo de fantasía. Privar a un niño de su vínculo creativo con los juguetes significa cortarle el alma de raíz”, dice Petrignani, que, con su libro, nos invita a retornar al maravilloso (y siniestro) mundo de los juguetes.



lunes, 16 de noviembre de 2009

Memoria solar

El sábado, la revista Ñ publicó una interesante entrevista a Sandra Petrignani en la que habla de la influencia de Italo Calvino y de cómo los años han cambiado algunas cosas (entre ellas, los juguetes, la niñez y el control de los adultos).



"La época de la grandeza ya pasó"
Por Guido Carelli Lynch

Algunas de las desilusiones de Sandra Petrignani tienen nombre y apellido. El más famoso es el de Silvio Berlusconi, que hace años compró Panorama, el diario donde esta periodista y autora italiana trabaja, para pasteurizarlo ideológicamente. Para ella significó un largo exilio entre las reseñas culturales y páginas menores, que hacen que ahora cuente los meses que le faltan para jubilarse.

Ambivalencia, por ejemplo, le provoca el de la flamante Nobel, la rumano-alemana Herta Müller. “Todos queremos que venza Philip Roth y después nos quedamos desilusionados”, se lamenta del otro lado del teléfono, desde su casa de fin de semana en Umbria, donde cada vez pasa más tiempo.

Otros nombres, en cambio, le roban sonrisas y suspiros de nostalgia. “Tengo los años suficientes para haber conocido a los grandes autores italianos y, aunque en este momento también hay autores importantes, la época de la grandeza ya pasó”, sentencia inconmovible. Y aunque esté claro y no haga falta explicarlo, se detiene un minuto en un pasado que parece ficción. “Seguimos realizando un trabajo artesanal en medio de un mundo tecnológico. Ahora cambiaron las relaciones con los editores, todo ese marketing que domina la situación, que produce libros confeccionados en las casas editoriales con autores que de un día para otro son nombrados en todo el mundo. Ya no existen Alberto Moravia, Giorgio Manganelli, Lala Romano, Elsa Morante y editores maravillosos como Giulio Einaudi. Son personajes que yo me enorgullezco de haber conocido, que formaban una verdadera sociedad literaria. Ahora, en cambio, para sentirse escritor hay que vender, antes no importaba tanto, te acogían y sabían diferenciar lo comercial de lo literario. Ahora los libreros y los editores apuntan siempre como si fueras un caballo que tiene que ganar todas las carreras y los escritores necesitan puntos muertos, vivir la vida, no es sólo un mecanismo para inventar historias”, dice y se queja.

Y no es tan extraño que Petrignani hable del pasado si la excusa para llamarla es su Catálogo de juguetes, un libro pequeño y delicioso que escribió hace 25 años y que La Compañía acaba de editar en la Argentina. “Es mi segundo libro, el más traducido. Funcionó muchísimo y les gustó a personas tan diferentes como Manganelli, Natalia Guinzburg y o Ian McEwan. Ha tenido una vitalidad muy bella, muy intensa”, se emociona. El libro es una evocación, una enumeración, un catálogo –ni más ni menos– de juguetes, que sirven como disparadores para las divagaciones de la autora y el lector, que a veces son las mismas y a veces son distintas. Es un libro que, a la manera de Calvino, y a través del barrilete, una muñeca de trapo o una simple bicicleta, enfrenta al lector con los fantasmas del pasado, con el dolor de ya no ser y del mundo que no es.

–La estructura y el estilo parecen un ejercicio de escritura automática como los de Calvino.

–Es que en ese entonces yo estaba muy influenciada por la vanguardia, por el experimentalismo. Nunca habría escrito una novela tradicional, cosa que tampoco hice después. Al mismo tiempo, quería comunicar y que la gente me entendiera. No quería que ese experimentalismo fuera una dificultad. Esa fórmula que tomé de Calvino, de Las ciudades invisibles, fue un modelo. Era un autor que me hablaba mucho, me gustaba su experimentalismo controlado, que producía más que nada una forma de novela, que no era la tradicional. Tiene mucho de escritura automática, de usar el objeto como un médium para hacer asociaciones libres y recuperar la memoria que me llevara a la infancia.

–Y emergen recuerdos de juguetes que incluso ya no existen…

–Y recuerdos de uno. Yo, por ejemplo, tenía la idea instalada de que mi infancia había sido un infierno, de que estaba aislada. Escribiendo este libro y poniendo en práctica mi memoria involuntaria emergió la memoria solar de mi infancia en Piacenza, que era muy libre. Éramos una banda y yo formaba parte. No era la líder, era la más chica, pero ahí estaba. Era una infancia bella y libre, porque estaba fuera del control de los mayores. Cuando yo me puse a escribir este libro, con mi hijo de apenas 4 años a cuestas, noté cómo nuestros chicos están siempre controlados. Los llevamos a cursos de natación, de inglés, están llenos de obligaciones en vez de estar jugando. Ven a un amigo por vez siempre en una casa y vigilados por los padres, la abuela, la babysitter. Yo jugaba con mis amigos en la calle, ¡en Roma! Nuestra generación, que fue la que cambió la manera de los jóvenes de estar en el mundo, tuvo una infancia mucho más parecida a la del pasado. Nuestros hijos, en cambio, tuvieron una infancia de prisioneros, todo el tiempo controlados.

–La relación con los juguetes también es diferente…

–Absolutamente, aunque no quisiera generalizar. Para mí la Barbie era una sola. Ahora veo que las hijas de mis amigas tienen toda una serie interminable. Los juguetes se volvieron una posesión más que un valor sentimental. La publicidad se volvió infernal. La relación es mucho más pobre, no es sentimental, es la idea de posesión, de colección, una actitud totalmente consumista.

–¿Y antes cómo era?

–El juguete es en realidad un objeto extraño porque participa de muchas naturalezas. Es sagrado y mágico, porque el chico construye un mundo y, a la vez, es un misterio la relación de un chico con él, porque los adultos permanecen ajenos. Son fantasmas que te ponen en comunicación con otros mundos, como el de la interioridad. Muchas de estas reflexiones se me ocurrieron luego de escuchar a chicos que leyeron el libro en la escuela primaria.

–El tono de sus textos delata su pasado de poeta…

–Es verdad, cortejo siempre una forma poética, como la memoria involuntaria de este narrar intimista. Es la herencia de mi juventud. Empecé a escribir de muy joven, incluso llamando la atención de poetas consagrados, pero hubo una verdadera fractura, que coincidió con el nacimiento de mi hijo. La poesía está más cerca de la muerte, de la desesperación y la locura. Y, como estos recuerdos de mi infancia, una parte de mí eligió la vida y a mi hijo. Si hubiese continuado escribiendo poesía, habría optado por otras elecciones. No hubiera tenido un hijo, no hubiera intentado tener una familia. Hubiera marchado hacia la autodestrucción. La parábola poética está más cercana al inconsciente –y a la niñez– y si uno no tiene un control serio del inconsciente también se vuelve peligroso. La narrativa me salvó, y mis catálogos, porque pensándolo bien, casi todos mis libros son una suerte de catálogo.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Barbie

Cayó en las vidas de las niñas nacidas a comienzos de los años cincuenta sorprendiéndolas en el inicio de la adolescencia. Niñas que habían visto Lo que el viento se llevó o las películas de Marlene Dietrich y se debatían entre dos alternativas: seguir el modelo materno o convertirse en aventureras seductoras. Barbie era bella, rica, independiente. Poseía objetos, vestidos y al menos un hombre, Ken, su novio. Y una serie de amigos. Seguramente tenía una profesión moderna: modelo publicitaria, periodista o actriz de cine. Su guardarropa revelaba viajes, responsabilidades, veladas elegantes. Comprarle un nuevo vestido a la Barbie con la cuota semanal era ganarse un adelanto de futura autonomía, una especie de ensayo general, una idea de futuro. Barbie no era una muñeca, era una aspiración.

Fragmento de Catálogo de juguetes



lunes, 9 de noviembre de 2009

Evocación Nº 8 - Raúl Perrone

Les estamos pidiendo a diferentes personas (escritores, deportistas, músicos, dibujantes) que evoquen los juegos o juguetes preferidos de su niñez. Ésta es la respuesta de Raúl Perrone, cineasta, a quien le agradecemos.


Entre mis juguetes preferidos siempre estuvieron la pelota y el metegol, pero lo que más recuerdo son los autitos de plástico de turismo carretera. Los rellenábamos muy prolijamente con masilla y monedas; los “tuneábamos”, como se diría ahora. Era algo muy creativo. Había que usar la imaginación para que anduvieran mejor y más rápido. En medio de la calle, dibujábamos una gran pista y corríamos carreras entre diez y quince pibes. Algunos les ponían cucharitas para que pesaran más. Otros íbamos a una farmacia y pedíamos las gomitas de los frascos de penicilina para ponerlas en las ruedas y eran imparables.



Raúl Perrone nació en Ituzaingó (provincia de Buenos Aires) en 1961. Como dibujante, ha publicado ilustraciones en diversos medios, pero hoy en día se lo reconoce por su trabajo como cineasta independiente. Dentro de su vastísima filmografía, cabe destacar las películas Labios de churrasco, Cinco pa’l peso, Peluca y Marisita, La mecha y Bonus track. Más información en su sitio oficial: http://www.raulperrone.com/.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Elaborada simplicidad

En su sección Libros, a cargo de Elvio Gandolfo, el último número de la revista Noticias incluye el siguiente comentario sobre el Catálogo de juguetes de Sandra Petrignani:


La autora italiana pasa revista a los juguetes de la infancia, desde el barrilete y las muñecas, hasta el caballito mecedor. Se trata de un catálogo a la vez privado y universal, que llevará al lector a recuperar todo un mundo que creía perdido para siempre. Una verdadera joyita literaria que se destaca por su originalidad, su elaborada simplicidad y su tono poético que roza la nostalgia sin caer en sentimentalismos edulcorados.

martes, 3 de noviembre de 2009

Doce personas y sus juguetes favoritos

Muchos recordarán que, entre el 4 y el 25 de octubre, se hizo una exposición que reunía fotos de la serie Regresar, de Sebastián Miquel, y fragmentos del libro Catálogo de juguetes.

Con las doce fotografías que se expusieron, Sebastián armó esta suerte de collage (algunas imágenes están reencuadradas).



lunes, 2 de noviembre de 2009

Los juguetes según Walter Banjamin

El filósofo alemán Walter Benjamin (1892-1940) ha escrito en más de una ocasión sobre los juguetes. Citamos tres fragmentos de su artículo "Juguetes y juegos", que se presenta como un comentario sobre el libro Kinderspielzeug aus alter Zeit: Eine Geschichte des Spielzeugs (Juguetes de antaño: Una historia del juguete). Ese artículo fue incluido por la editorial Nueva Visión en el volumen Escritos: La literatura infantil, los niños y los jóvenes.



Como el mundo de la percepción del niño muestra por todas partes las huellas de la generación anterior y se enfrenta con ellas, lo mismo ocurre con sus juegos. Es imposible confinarlos a una esfera de fantasía, al país feérico de una infancia o un arte puros. El juguete no es imitación de los útiles del adulto, es enfrentamiento, no tanto del niño con el adulto, sino más bien al revés. ¿Quién da al niño los juguetes si no los adultos? Y si bien el niño tendrá la libertad de rechazar las cosas, no pocos de los juguetes más antiguos (pelotas, aros, molinetes de plumas, barriletes) le habrán sido impuestos, por decirlo así, como enseres de culto que sólo más tarde se transformaron en juguetes.


Pero si hasta el día de hoy los juguetes han sido considerados por demás como creaciones para el niño, si no del niño, el jugar continúa siendo considerado, a su vez, desde el punto de vista demasiado adulto de la imitación.


El oscuro afán de reiteración no es menos poderoso ni menos astuto en el juego que el impulso sexual en el amor. No en vano creía Freud haber descubierto en él un “más allá del principio del placer”. En efecto, toda vivencia profunda busca insaciablemente, hasta el final, repetición y retorno, busca el restablecimiento de la situación primitiva en la cual se originó. “Todo podría lograrse a la perfección si las cosas pudieran realizarse dos veces”; el niño procede de acuerdo con este verso de Goethe. Pero para él no han de ser dos veces, sino una y otra vez, cien, mil veces. Esto no sólo es la manera de reelaborar experiencias primitivamente terroríficas mediante el embotamiento, la provocación traviesa, la parodia, sino también la de gozar una y otra vez, y del modo más intenso, de triunfos y victorias. El adulto libera su corazón del temor y disfruta nuevamente de su dicha, cuando habla de ellos. El niño los recrea/vuelve a empezar. La esencia del jugar no es un “hacer de cuenta que...”, sino un “hacer una y otra vez”, la transformación de la vivencia más emocionante en un hábito.



Walter Benjamin

viernes, 30 de octubre de 2009

View-Master

Mirándolo por afuera, el View-Master era un feo objeto. Pero apenas se metía dentro el disco de cartón –donde estaban engarzadas minúsculas diapositivas– y se apoyaban los ojos en los oculares, aparecía una imagen maravillosa, el espacio se dilataba, el campo visual se llenaba de personajes de fábula o de las iglesias de Florencia o de la Torre de Pisa o de las góndolas de Venecia o del Puente de Londres o de la Torre Eiffel o del Coliseo.

Fragmento de Catálogo de juguetes



miércoles, 28 de octubre de 2009

Peregrinación

Hace unos meses, Sandra Petrignani participó en el XII Congreso Internacional de la Sociedad Española de Italianistas, organizado por la Universidad de Castilla-La Mancha. Aquí reproducimos un pasaje de su intervención que incluye una referencia al Catálogo de juguetes.


En mi confusa juventud había algo sobre lo que no tenía dudas: quería dos cosas en la vida, escribir y viajar. Incluso la escritura aparecía como un tipo de viaje peculiar, un viaje dentro de las palabras y las cosas. En cierto sentido, no escribí sino libros de viajes y la metáfora del viaje marcó mi vida. Ahora bien, debemos comprender este término. Cuando decimos "viaje", indicamos conceptos diferentes.

En primer lugar, viajar es moverse en el espacio, pasar de un lugar a otro y, más precisamente, de un lugar familiar, donde están nuestra casa y nuestras cosas, a un lugar menos conocido, cuando no desconocido. Viajar implica abandonar la seguridad para aventurarse en lo ignoto. Pero viajar es también buscarse. Abandonamos la rutina, aunque sea temporalmente, para ponernos a prueba y descubrir cosas que no sabíamos de nosotros mismos, para medir nuestra resistencia, nuestra inventiva, nuestra inesperada capacidad de adaptación. Tal vez viajemos en busca de sorpresas ya que los escenarios familiares no pueden sorprendernos ni ponernos a prueba.

También podemos viajar para perdernos. O, éste es el caso en el que más me reconozco, nos ponemos en camino para buscar una cosa sabiendo con precisión qué es, con una meta a alcanzar, un punto en el espacio que decidimos que será nuestro destino. Esto es lo contrario a perderse. Nos trasladamos del punto A al punto B y el punto B nos aguarda porque realmente deseamos llegar ahí, deseamos llegar y comprender y, para eso, nos hemos preparado mucho antes de salir.

Este tipo de viaje se llama peregrinación. El peregrino es un viajero que sabe lo que desea y […], cuando llegue a destino, cuando alcance la meta, no será el mismo de antes, sabrá algo distinto de lo que sabía. […]

Antes dije que, en cierto sentido, no escribí sino libros de viajes. Eso puede sonar forzado, pero esconde algo de verdad. Los libros que siguieron [a su primera novela: Navegazioni di Circe], Catálogo de juguetes y Vecchi, son viajes a través de objetos y de personas. ¿Peregrinaciones también? De algún modo, sí. El Catálogo de juguetes conforma una peregrinación por la niñez a través de un objeto de culto de esa etapa; precisamente, el juguete […], un objeto mágico y misterioso que contiene una verdad oculta.

lunes, 26 de octubre de 2009

Evocación Nº 7 - Mariana Enríquez

Les estamos pidiendo a diferentes personas (escritores, deportistas, músicos, dibujantes) que evoquen los juguetes preferidos de su niñez. Aquí, la respuesta de Mariana Enríquez, a quien le agradecemos muchísimo.


Mi juguete favorito era Petete, un muñeco payaso del tamaño de un gato cachorro. Tenía la cara casi despintada y le quedaba sólo el color marrón claro de la goma original. No tenía rasgos, apenas una nariz tenue. El pelo negro parecía chamuscado y le faltaba su traje: nomás le quedaba la tela azul y roja cosida sobre el relleno. Dormí con él hasta que la goma de la cabeza se pudrió y se abrió a la altura de la frente, que era muy ancha. Cuando lo abandoné, tenía 12 años. Decidí no llevarlo al viaje de fin de escuela primaria (La Falda, Córdoba). Mi mamá lo conservó todavía unos años, hasta que se lo comieron las polillas.


Foto de Lucio Ramírez tomada del blog de Eterna Cadencia

Mariana Enríquez nació en 1973 en Buenos Aires. Es Licenciada en Comunicación Social y se desempeña desde hace años como periodista en diversos medios. Publicó dos novelas, Bajar es lo peor y Cómo desaparecer completamente, y sus cuentos forman parte de antologías como La joven guardia, Una terraza propia o En celo.

viernes, 23 de octubre de 2009

El rumor de un tiempo distinto

Ayer, el suplemento cultural de La Voz del Interior publicó en tapa una extensa reseña sobre el Catálogo de juguetes. El comentario completo, que recomendamos, se puede leer en la edición web del diario.


Santuario de primeras magias

Por Demián Orosz


Comienza con la hamaca, como si pusiera todo el libro al amparo de una oscilación entre el cielo y la tierra, o del deseo más sencillo de sostenerse en el aire, y culmina con un zoológico en miniatura, breve repaso de los habitantes originarios de los países infantiles, compañeros del día y custodios del sueño. Entre la hamaca y el zoológico, el Catálogo de juguetes de Sandra Petrignani admite también a otras 63 criaturas o prácticas del mundo de los juegos.

La autora italiana, nacida en 1952, concibió este viaje a la infancia cuando advirtió que había un quiebre entre los objetos de su niñez y los juguetes y fantasías de su pequeño hijo. Una fractura que la escritora leyó en términos de magia perdida: la electrónica y el capitalismo arrasan con el aura, transforman a los juguetes en cosas iguales a otras cosas. El reverso exacto del santuario de primeras y olvidadas magias que propone Petrignani bien podría ser esa mezcla de cementerio de juguetes semi vivos y tétrico parque de crueldades que construye un horrible niño en la película Toy Story, empeñado en machacar y rehacer engendros con cabezas, brazos y ruedas de distintos muñecos y vehículos. Cosas hechas con otras cosas, traqueteando como una familia de "frankensteins".

Tensado por una mirada melancólica, el libro no es sin embargo un catálogo de nostalgias, ni de meditaciones que se cierran en lamentos un poco benjaminianos sobre el aura rota. [...]

La escritora retiene escenas de su vida y de su época, le contagia a los retratos de los juguetes una silueta del momento en que los usaba, los olores y conversaciones de la casa, o la irrupción intempestiva de los adultos y sus variables humores. En la estela que dejan sus evocaciones se puede leer también el rumor de un tiempo distinto, marcado por algunas carencias y otros modos de apreciar lo que se tenía.

Predomina una mirada femenina y desde la perspectiva infantil al mundo gigante, inaccesible y un poco hostil de los adultos, con sus rituales duros. Pero Petrignani sabe que los juguetes no son inocentes y se pone a salvo de una visión idílica. [...] En esa materialidad de apariencia sencilla se dirimen otras batallas menos fantásticas.

Los juguetes también activan las diferencias de género: armas, máquinas, fuertes y soldados para los niños; casas de muñecas, bebotes y batería de cocina para los primeros llamados a filas de un gran ejército de pequeñas madres y amas de casa. [...]

Se suele preguntar qué libro se llevaría a una isla desierta. ¿Por qué nunca se pregunta por el juguete que haría compañía en ese eventual destierro? Este catálogo puede ser una buena respuesta para ambas preguntas.


miércoles, 21 de octubre de 2009

Imágenes de la niñez

Recordamos que el próximo domingo concluye la muestra que reúne fotos de la serie Regresar, de Sebastián Miquel, y fragmentos del libro Catálogo de juguetes, de Sandra Petrignani. Puede visitarse de jueves a domingo, de 12 a 20, en la casa-tienda Cualquier Verdura (Humberto 1º 517, Buenos Aires).

Publicamos a continuación una versión resumida del texto de presenta de la muestra y una de las fotos que pueden ver allí.


A mediados de los ’80, en Italia, Sandra Petrignani escribía Catálogo de juguetes. Más de veinte años después, en 2009, en Argentina, Sebastián Miquel iniciaba su serie Regresar, en la que fotografió a personas de diversas edades con sus juguetes favoritos.

Él desconocía que se estaba preparando la primera edición en castellano del libro de Petrignani. Esta muestra nace, pues, de la casualidad. Se trata de dos miradas diferentes y similares sobre un mundo mágico: el de la niñez, el del juego, el de los juguetes. Ambos trabajos se presentan como una invitación a evocar (reencontrar) la infancia. Desde lugares, épocas y disciplinas distintos, cuentan historias tan subjetivas como universales.



Pupi Ferrá, diseñadora

Foto (c) Sebastián Miquel

lunes, 19 de octubre de 2009

Flipper

Un grupo de jóvenes de ambos sexos hace fila en el bar alrededor de la ruidosa máquina, esperando su turno. Si el que juega es un muchacho, tiene la cara seria, a veces incluso el ceño fruncido. No está exultante, no grita. Se concentra en la pelotita, oprime con calma los botones conectados a las pequeñas paletas a resorte que impulsan a la bola. Y la bola corre arriba y abajo a lo largo del plano inclinado, enciende luces, activa sonidos, desaparece en un agujero. El muchacho introduce una moneda tras otra, sin tener en cuenta a los niños. Estira y suelta, con un golpe seco, el pistón que lanza la pequeña bocha a la pista. Tiene un cigarrillo entre los labios y entrecierra un ojo para repararlos del humo.

Fragmento de Catálogo de juguetes



"Pinball Wizard" (podría traducirse como "El mago del flipper"), de la ópera-rock
Tommy, de The Who. Aquí, el video de la película Tommy.

domingo, 18 de octubre de 2009

El viento en la cara

La revista Ñ publicó ayer, entre las “pistas” de la sección Ideas, un texto muy breve de Raquel Garzón sobre el libro Catálogo de juguetes.


La vuelta al mundo en 65 juguetes

Por Raquel Garzón


Hamaca, barrilete, autito, muñeca, metegol, burbujas de jabón… Recorrer el índice de Catálogo de juguetes, el maravilloso libro de Sandra Petrignani que acaba de editar La Compañía, fascina tanto como descubrir en un mapamundi –escondidos en los recovecos de la minúscula topografía– los nombres de tierras lejanas (“Es-tam-bul” y el corazón se ilumina). Aquí, el mundo a descubrir es el de la infancia, sus cosmogonías, delicias y fantasmas en 65 artefactos, queribles hasta la inolvidabilidad. “Primero viene el triciclo, rojo, cómodo, seguro. La sensación de crecer sobre él, la satisfacción de volverse grande mientras el juguete se vuelve pequeño y las rodillas sobresalen a los costados para no golpear contra el manubrio”, escribe la autora italiana al detenerse en la bicicleta. Y una se ve pedaleando, antes del primer porrazo, el aire en la cara, el pelo en los ojos, la alegría hecha camino. Cómprelo, disfrútelo, regálelo y léalo otra vez: este originalísimo ensayo invita a recuperarse niño para reflexionar sobre un territorio fundacional. Al terminar, pregúntese por qué nunca aprendió a andar en patines, dónde quedó ese viejo juego de química o cuántas vidas caben en un caleidoscopio. Y vívalas todas, en homenaje.


viernes, 16 de octubre de 2009

Evocación Nº 6 - José Rosero

Les estamos pidiendo a diferentes personas (escritores, deportistas, músicos, dibujantes) que evoquen los juguetes preferidos de su niñez. La respuesta del joven y prestigioso ilustrador José Rosero está conformada por el texto y el dibujo que siguen. Muchas gracias, José.


Mi madre traía una bolsa nueva regularmente. Llena hasta el tope. A las pocas semanas (¿o meses?) tenía un bote lleno. Todas del mismo tamaño, poco más de una pulgada, pero de distintos colores. Todas eran potencialmente todo. Seguramente tenía yo, a mis ocho, muchos más juguetes y entretenimientos, pero éstas aparecían en cada fragmento desordenado de mis recuerdos de infancia. Al principio, un carrito de llantas cuadradas. No andaba. Después, una casa sin ventanas. Entraba el frío. Construí un sinfín de objetos y personajes inutilizables, pero no desistí. Mi tecnología fue evolucionando rápidamente y de pronto estaba ya en la era espacial creando bases intergalácticas y aparatos. Finalmente, el aburrimiento trajo el gran reto: una nave monumental. Empecé el proyecto y lo acabé en pocos días. La premura se debió a mi obsesión. Para construirla, utilicé todas las fuerzas, las energías, las fichas. La levanté por fin con mis dos brazos. Tenía una forma de “T” esbelta y moderna, con la cabina de capitán en la punta y alas enormes. La miré hasta que su peso se convirtió en algo insoportable, así que decidí lanzarla contra la puerta. El ruido no fue común. Mi habitación se convirtió en una caja sonora que reprodujo el estruendo. Toda la casa vino a ver qué había sucedido (me refiero a mi familia, aunque la casa también se contrajo). Y logré lo que quería: hacer un suceso, el primer y último vuelo de ese monstruo aeroespacial. Hoy, de las fichas sólo queda una y, cuando la veo, tan inerte y blanca, no dejo de pensar que sigue siendo potencialmente todo. Y tengo nuevo un proyecto en mente.



José Rosero es un ilustrador, dibujante y pintor colombiano nacido en 1986. Maestro en Artes Visuales de la universidad Javeriana de Bogotá, ha hecho ilustraciones para revistas como El malpensante, Don Juan, Rolling Stone o SoHo y para editoriales como SM o El Tiempo. También hizo diseños y multimedia para el British Council, el PNUD, la alcaldía de Nariño y el Ministerio de Cultura y ha dictado seminarios y conferencias. Tomó parte en muestras en Colombia, Uruguay y Corea. Recomendamos visitar su sitio y su Flickr.

jueves, 15 de octubre de 2009

Un paseo raro

Ayer, el diario La Nación publicó un interesante comentario de Silvia Hopenhayn sobre Catálogo de juguetes:


Aquellos juguetes

Por Silvia Hopenhayn


De la infancia no sólo quedan relatos, también objetos que punzan la memoria. Como los juguetes. Esas piezas tan concretas de nuestras pequeñas invenciones y descubrimientos cotidianos. Al mismo tiempo, el juguete suele aparecer asociado al regalo. Y de allí quizá su rara existencia de vida regalada.

En realidad, suelen ser partes de juguetes las que se conservan en algún rincón de un placard: la pierna de una muñeca, la locomotora del tren, la rueda de un autito o alguna figurita repetida de un álbum inconcluso. Hay algo de no terminado o de estanco en esas partes que por algún extraño motivo no fueron a parar a la basura.

El problema es que no se sabe muy bien quién abandonó a quién. Si el juguete al niño o el niño al juguete. En la maravillosa película Toy Story 2 , hay una escena en la que una muñeca, Jessie la vaquerita, recuerda cómo su niña-dueña, en los primeros albores de la adolescencia, la dejó tirada debajo de la cama. Pero justamente lo que aparece en esta historia es la subjetividad del juguete, como si algo de la vida que los niños le insuflan cuando juegan pudiera perdurar y fuera la causa de una agonía silenciosa.

Y ése es quizás el rasgo gélido que suele conllevar un juguete sustraído de la infancia. Es como una pieza desanimada, casi muerta de miedo. Hay algo de patético en lo dejado, y resaltarlo es una forma de hacer de lo perdido un objeto de culto, en vez de un hueco. Por eso el libro de la escritora italiana Sandra Petrignani, recién traducido al español por Guillermo Piro, titulado Catálogo de juguetes , es un paseo raro, entre lúdico y mortuorio, por un mundo desvaído, o más bien desvivido: la infancia.

Se trata de una serie de relatos breves, cada uno dedicado a un juguete. Entre los más de sesenta, aparecen un metegol, una honda, una bicicleta, bolitas, una soga, el lego, un barrilete, una marioneta, una pistola de agua, el tren eléctrico, palillos chinos, un trompo, dardos, globos, patines, etc. De cada uno de ellos la autora extrae retazos de afectos, fragmentos de historias olvidadas. Según Iac Mc Ewan, esta colección de textos es un ejercicio encantador. Yo diría más bien de encantamiento. Hay algo en estos breves relatos que encanta por momentos de manera siniestra. Como bien señala Giorgio Manganelli, en el posfacio: "Hundir la mano en el tiempo de los juguetes es como para morirse de miedo. En ese lugar no existen dimensiones mensurables; todo es enorme, lejano; simplemente no existe. No existir: ése es un modo de ser extremadamente sutil, dramático, insinuante, amenazador. Con los juguetes hay que ser cautos: esos levísimos no-seres, esas larvas presurosas, son la terribilidad encarnada". De allí que el posfacio se titule, precisamente: "Donde resiste lo que no existe".

Hay algo en la atmósfera del libro que remite a La vida, modo de uso, del genial Georges Perec, por esa idea de la acción congelada en el tiempo. Pero las estampas de Sandra Petrignani son irregulares; algunos juguetes descriptos no tienen el sabor narrativo que puede adquirir una naturaleza muerta a través del tiempo. Igualmente vale su manierismo en la disección, que nos permite recorrer cada una de las páginas evocando nuestros propios materiales de la infancia.


Fragmento de la película Toy Story 2

miércoles, 14 de octubre de 2009

Todo lo que pueda ser narrado

La Encyclopedia of Italian Literary Studies es una obra muy completa (en dos volúmenes de más de mil páginas) que presenta trabajos sobre distintos aspectos de la literatura italiana.

Incluye entradas referidas a temas (desde el Risorgimento hasta la censura, desde la ópera hasta la literatura infantil, desde el romanticismo hasta la influencia rusa), a obras y a autores.

Tomamos de allí un fragmento de la entrada sobre Sandra Petrignani, escrita por Silvana Tamiozzo Goldmann:


Sandra Petrignani es una escritora brillante y profunda, cuyos notables logros en el campo del periodismo cultural se reflejan en un riguroso manejo del lenguaje a lo largo de su obra. Entre los autores que más influyeron su estilo se cuentan Perec, Nabokov y Calvino; de este último, Si una noche de invierno un viajero (1979) y Seis propuestas para el próximo milenio (1988) sirvieron en particular de modelo para sus trabajos narrativos […]

En Il catalogo dei giocattoli (1988), Petrignani examina su niñez en los años ’50 como si fuese un catálogo de objetos amados. Cada juguete (65 en total: bloques de Lego, pelotas, caleidoscopios) disparó su memoria y activó viejas emociones que, a su vez, pusieron en marcha historias. El ritmo y el tono narrativo fueron concebidos en torno a un tema musical que desarrolla distintas variaciones. […]

Destacada por su notable precisión lingüística, por la claridad de su estilo y por la estructura de sus narraciones, la versatilidad y la incansable exploración de todo lo que pueda ser narrado son algunas de las principales características de esta distinguida autora cuyas obras se han traducido en Francia, Alemania, Gran Bretaña, Japón y Polonia. […]

Gaetana Marrone (editor general), Paolo Puppa y Luca Somigli (editores),

Encyclopedia of Italian Literary Studies

martes, 13 de octubre de 2009

Figuritas

Como los libros, los álbumes están pensados para la lectura. Los epígrafes de las imágenes enseñan y relatan. Cuando falta la figurita la frustración es doble, se contempla una forma vacía, la silueta rectangular de la pieza ausente, y leer no tiene sentido. Pero también son libros que deben escribirse. Desordenadamente. Primero un capítulo o una frase que en el diseño general se situará después. Y los agujeros que quedan son pasajes irresueltos de una historia que existe en alguna parte y que hace falta entender o rellenar. La satisfacción dada por el álbum es la de la creación. No hay un álbum igual a otro mientras está incompleto.

Fragmento de Catálogo de juguetes




sábado, 10 de octubre de 2009

Evocación Nº 5 - Jorge Fondebrider

Les estamos pidiendo a diferentes personas (escritores, deportistas, músicos, dibujantes) que evoquen los juegos o juguetes preferidos de su niñez. En esta ocasión, responde el escritor Jorge Fondebrider, a quien, por supuesto, le agradecemos.


Mis juguetes favoritos fueron siempre los soldaditos. Llegué a tener cientos y de distintos tipos. Los que más me gustaban (y revelo cronología) eran los de plomo. Recuerdo especialmente unos magníficos caballeros andantes, del tipo Ivanhoe, que me había regalado mi abuelo Bernardo cuando cumplí cuatro años. Recuerdo igualmente que mis padres habían invitado a los hijos de unos amigos de ellos y lo mal que se portaron esos chicos en mi cumpleaños. Me recuerdo, por último, a mí mismo contemplando al único caballero andante que me quedó relativamente sano al final de la fiesta, apoyando sobre una silla la única pierna que había sobrevivido a los embates de esos sátrapas. Como suele suceder, esos caballeros andantes de plomo, con los que jugué brevemente, fueron, probablemente, los juguetes que más me gustaron de todos los que tuve.



Jorge Fondebrider nació en Buenos Aires en 1956. Escribe poesía y ensayos. También se desempeña como traductor y periodista. Fue durante cinco años coordinador de eventos y publicaciones del Centro Cultural Ricardo Rojas. Entre sus libros se destacan Imperio de la luna, Los últimos tres años y La paja en el ojo ajeno (escrito junto a Pablo Chacón). En la actualidad dirige el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires.

jueves, 8 de octubre de 2009

Fotos de la inauguración

Subimos aquí tres fotos de la inauguración de la muestra en Cualquier Verdura.



En la primera se ve a algunos de los que pasaron el domingo por la muestra.



En la segunda, Sebastián Miquel y Daniel Giménez posan delante de la foto en la que aparece Daniel con su juguete.


La tercera es una de las fotos que se exponen: la actriz Lola Berthet con un elefante de plástico.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Caballo mecedor

En la calesita, los caballos eran los preferidos. Alineados de dos en dos corrían en círculos, subiendo y bajando. La lisa cavidad de la montura acogía afectuosamente a las nalgas; la maternal hinchazón del vientre obligaba a abrir las piernas en una posición excitante. Contra la piel al descubierto el frío de la cartapesta. A lo mejor tenían razón cuando creían que no era conveniente que una mujer cabalgase con las piernas separadas: adivinaban que en eso había una satisfacción secreta, el inevitable delicioso frotamiento. Una niña cabalgará su caballo mecedor únicamente por el movimiento, el impulso. Para divertirse no le hace falta -como sí a los varones- blandir la espada, incitar a imaginarios compañeros para que combatan. Ella cabalga abandonándose a un erotismo inconsciente. Cierra los ojos, concediéndose al viento que mueve sus cabellos, aprieta las rodillas y endurece los músculos provocando dentro de sí una corriente de escalofríos in crescendo.

Fragmento de Catálogo de juguetes



Foto tomada del Flickr de Guesus

 
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